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El crimen colectivo

  • 21 jun
  • 2 min de lectura
El crimen colectivo
El crimen colectivo

Por Roma V. Brann*


El abuso dentro de las organizaciones eclesiásticas arrastra una verdad incómoda que la corporación intenta camuflar: nunca es un acto puramente individual. Detrás de cada agresor que utiliza el supuesto poder sagrado para vulnerar a niños, adolescentes o adultos, se activa de inmediato un engranaje burocrático y discursivo diseñado para garantizar la impunidad. No nos enfrentamos a fallas morales aisladas, sino a lo que yo llamo una omisión deliberada.


Como he sistematizado en mis investigaciones científicas sobre la praxis eclesiástica, la omisión deliberada no es una mera falta de recursos o de preparación. Es una decisión sumamente consciente e institucional de abstenerse de informar, proteger y denunciar, priorizando sistemáticamente la estabilidad y el prestigio de la corporación por sobre la vida de los sujetos. Ni siquiera intentan ocultarlo; está a la vista de todos que solo les interesa su reputación.


Esta omisión es la piedra angular de lo que suelo definir como la pedagogía del silencio: un dispositivo sistémico y transnacional que transforma las estructuras parroquiales en entornos de total opacidad.


En el barro del trabajo de campo, este dispositivo se materializa en una estrategia devastadora que es el silencio punitivo. Este silencio que no es una ausencia pasiva de respuesta, sino un castigo activo que busca aislar, desamparar y anular al denunciante. Es la maquinaria institucional operando para hacerle creer a la víctima que exagera, relegando el crimen civil al plano de lo mundano o resolviendo el ultraje con la orden de “ir a rezar”, como escuché relatar a un sobreviviente en una de las entrevistas que realicé. Intentan privatizar el daño bajo la lógica del pecado, pretendiendo que el horror se supedite a las leyes divinas para evitar, a toda costa, que se tenga la osadía de hacer justicia en la tierra.


Pero el monopolio del relato se terminó. Por lo menos, quiero creer eso. Quiero creer que no les vamos a dar el gusto de regalarles nuestra voz. La reparación ya no se pide de rodillas; se exige mediante la acción colectiva y el impacto punitivo de la justicia civil ordinaria.


Por eso, en lo personal, lo digo con la firmeza de la investigación y del cuerpo: no me resignaré a escribir lo que tenga que escribir, a denunciar lo que tenga que denunciar y a gritar lo que tenga que gritar. Aunque lo intenten, no nos van a callar. La apuesta es que, haciendo red, ninguno de nosotros se resigne. Frente al silencio que castiga, seremos viva voz.


El crimen colectivo.

Roma V. Brann

Periodista de investigación. Amante de la literatura y autora.


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