
Víctimas y sobrevivientes de un mismo crimen compartimos secuelas, diagnósticos, el mismo trauma. Encontramos agresores y espacios en común. En un lugar que ojalá no existiera, nos entendemos.
Nos agrupamos quienes podemos. Incluimos ausencias físicas y compañeres en silencio. Al agruparnos existimos como colectivo de entidades separadas, identidades dimensionadas y definidas por origen, clase social, orientación sexual, género, etnia, edad, desafíos físicos o intelectuales, recursos, educación, acceso a salud, vivienda, justicia.
No podemos organizarnos sin entender cómo convergen las diferencias y cómo nos ubican en situaciones de ventaja o desventaja, discriminación o privilegio, cómo procesamos el mismo crimen sobre nuestras identidades según dónde se nos clasifica dentro de nuestras sociedades.
La posibilidad de construir redes de apoyo efectivas y las relaciones de víctimas y sus entornos con el sistema de opresión organizan categorías entre víctimas y sobrevivientes. Hay quienes acceden primero, y hay quienes nunca acceden. Existen espacios seguros reservados para pocos. Las marcas de clase condicionan la respuesta de los medios y del público al exponerse. La violencia contra niñeces se naturaliza según los recursos materiales: se esconde o queda a la vista.
Em esta red, el activismo empieza por posicionarnos ante las categorías que se nos imponen al mostrarnos víctimas o sobrevivientes. Por definir un marco donde lo político, la ética y la empatía enfrenten al privilegio y encuentren heramientas de sanación y reparación para todes.
