Comunicado: Discípulos de Karadima

La muerte de Fernando Karadima ha producido un gran impacto en muchos sobrevivientes de abuso eclesial en Chile. Quienes componemos esta Red de Sobrevivientes, sabemos que Karadima representa no sólo el peor rostro de la Iglesia Católica, sino además la impunidad de una cultura de abuso. Un mal estructural, que además atraviesa a la sociedad de élite y sus instituciones. 


Karadima no ha muerto. Su presencia permanece, lamentablemente, aún por medio de muchos que hoy replican sus prácticas abusivas en la Iglesia. Pero particularmente, sigue presente por medio de quienes fueron sus más cercanos seguidores y encubridores de sus delitos. Pues, quienes gozaron de los privilegios que Karadima les otorgó y lo defendieron ayer, hoy tratan de eludir sus responsabilidades para construir nuevas alianzas de privilegios e impunidad.


Vemos con desconfianza e intranquilidad el modo en que sus discípulos utilizan la causa de los sobrevivientes para tratar de blanquearse a costa de nuestras esperanzas y frustraciones. Hemos sido testigos de cómo estos ex discípulos utilizan los espacios de la formación sacerdotal y pastoral, lideran algunas diócesis de Chile, inciden en el mundo académico y se blindan gracias a sus pactos con la élite.


La permanencia de obispos como Andrés Arteaga, Horacio Valenzuela, Juan Barros, Tomislav Koljatic, y Felipe Bacarreza, son la prueba de un blindaje institucional que perdura. Misma suerte han tenido aquellos sacerdotes que, como Diego Ossa hasta su fallecimiento, han permanecido en total impunidad, protegidos por la institucionalidad eclesial.


Los abusos perpetrados por la organización de Karadima son demasiado graves, y han dejado demasiadas víctimas, muchas más de las que son conocidas. Quienes conformaron esa organización de abuso, llamada Pía Unión Sacerdotal, aún cuando eventualmente hubiesen hecho un camino personal de sanación, no pueden pretender ahora autoerigirse en una voz autorizada respecto de la prevención del abuso. No pueden serlo, porque precisamente su implicación en esta organización criminal y perversa es un dato relevante que alerta al cuidado y la prevención. 


Sabemos que muchos de ellos siguen aún reproduciendo las mismas prácticas abusivas de Karadima, abusando de su poder, protegiendo a otros sacerdotes y laicos abusadores con su silencio cómplice, y practicando el recurso usado por excelencia por Karadima: la mentira.


Por todo ello, es impactante el modo en que dos de sus más estrechos colaborades, Samuel Fernández y Rodrigo Polanco, han logrado escabullir su responsabilidad personal en el caso de abuso sexual de mayor escándalo y que «hizo caer» a la Iglesia católica chilena. Sabemos que durante los últimos diez años han dedicado su mayor esfuerzo en construir diversas estrategias que les permitan librar de responsabilidad: inicialmente despareciendo de la escena pública, luego mediante prácticas abusivas y de protección mutua, construyendo alianzas revictimizantes como el pacto CUIDA UC, buscando aproximación hacia víctimas con notoriedad mediática y relacionándose con espacios de formación «progresistas».


Estos ex discípulos de Karadima han sido objeto de diversas denuncias, sin embargo pese a todo, y a vista y paciencia del Arzobispado de Santiago, siguen usurpando lugares que no les corresponden, y que hemos honrado con una lucha de la que ellos buscan usufructuar, con el único fin de librarse de la sombra de su mentor. Jamás de sus bocas ha salido alguna denuncia contra Karadima, jamás han pronunciado públicamente alguna palabra de perdón y de justicia, de reconocimiento de sus faltas y de su propia responsabilidad. Karadima no actuaba solo. Karadima no habría existido sin una organización cómplice. Sin embargo, no ha habido por parte de ellos gesto alguno de reconocimiento al enorme daño causado, antes y ahora. Su falta de credibilidad es innegable.


Nos parece importante comunicar e insistir a la opinión pública sobre la necesidad de observar y seguir vigilantes. En estos días, hemos experimentado el desconcierto, pero al mismo tiempo, la seguridad de seguir abriendo caminos y denunciando aquello que se silencia por conveniencia y que como sobrevivientes no podemos callar jamás.

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