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Quebrar el silencio. La columna de la Asociación Infancia Robada - ANI

Desde su imaginario pero muy simbólico mundo de ​ Terramar ​ , la escritora estadounidense

Úrsula Kroeber Le Guin , ​ reflejó que sucede cuando la sociedad no se pronuncia con

claridad y firmeza sobre injusticias, crímenes y violencia física, emocional o sexual ejercidas

contra los y las más vulnerables. ​ El poder del acosador, el abusador, el violador,

depende sobre todo del silencio. Es en efecto el silencio uno de los más poderosos

aliados de la pederastia, de los que la ejercen y también de los que colaboran a su

ocultamiento, con actitudes encubridoras, cómplices o de omisión de socorro. Es este uno

de los delitos más graves que conviven con nuestra sociedad, que en muchos casos logra

su siniestra meta de impunidad, que revolotea entre espacios aéreos de amnesia colectiva e

ignorancia deliberada. Un silencio que algunas instituciones, congregaciones, familias

políticas e ideológicas utilizan como herramienta recurrente para quebrar las peticiones de

reconocimiento y reparación de las víctimas y supervivientes denunciantes de tan graves

delitos contra la infancia y la adolescencia. Un ejercicio silente que resulta cobarde en la

estética pero tramposo en el intermedio y cruel en el fondo. Quienes callan, ningunean,

minimizan y niegan saben bien lo que hacen. Es la espiral del silencio pincelada por la

politóloga alemana ​ Elisabeth Noelle-Neumann, ​ que va de la mano con la máquina del fango que dibujó el genial ​ Umberto Eco ​ . Camino en el desierto, silencio cruel y como mucho estériles e insustanciales peticiones de perdón que no tienen prolongación alguna y que terminan siendo arrastradas por el viento de la infamia. El silencio es, sin embargo, un arma de ida y vuelta. No solo es usado como artimaña cómplice de la pederastia en todos los ámbitos de la sociedad, el religioso incluido, sino que habida cuenta de las amenazas de los delincuentes y de los sentimientos de culpabilidad y vergüenza de las víctimas logra colarse en el fuero interno y el ámbito emocional de los menores de edad abusados y agredidos.

En datos de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de Chile solo entre el 4 y el 6 por ciento de los delitos de pederastia en el ámbito eclesiástico son denunciados y ocho de

cada doce víctimas jamás reconocerá su condición y el delito perpetrado contra su

integridad y persona. Es evidente que quebrar el silencio es misión de todos. Pero no solo

de los ciudadanos que votan, de las víctimas que sufren, de los supervivientes que a duras

penas logran mantener la cabeza en alto a idéntico nivel que el corazón. Quebrar el silencio

va de la mano de ayudas inaplazables, de escoltas y escuderos que muestren empatía y

cercanía con los supervivientes, de denuncias sólidas y de jueces y fiscales que más allá de

oír, escuchen, que además de ver, miren.

Es fundamental, básico, que los presupuestos generales de cualquier Estado Social y

Democrático de Derecho contemplen partidas para la formación de magistrados y fiscales

en el tratamiento de estos terribles delitos, ataques contra los derechos humanos, por ser

perpetrados contra la infancia. Es urgente que los tiempos de la justicia desde el instante en

el que se producen las denuncias sean mucho más inmediatos. Es importante que se creen

juzgados y fiscalías especiales para esta tipología delictiva. Es inevitable ya que los jueces

y fiscales reciban desde el minuto uno de su formación cursos especiales para saber tratar

a los y las denunciantes, que los estudios universitarios de derecho tengan materia relativa

con la violencia sexual. De ese modo sentencias como la reciente del caso Gaztelueta en el

Tribunal Supremo, con una rebaja de la condena de la Audiencia Provincial de Bizkaia de

once años de prisión, a dos años por un delito de abuso continuado contra un menor en un

colegio del Opus Dei, tan espectacular como increíble, no tendrían lugar en un Estado de

Derecho solvente y convincente. Una sentencia del Tribunal Supremo de España que causa

alarma social, que revictimiza al denunciante y premia al verdugo, que impone el criterio

alucinante de que una víctima superviviente de violencia sexual en la infancia debe expresar

el drama, la tortura, que vivió en sus carnes, al ritmo que marque un juez, un fiscal ó unsistema delirante. Las víctimas y nunca nos cansaremos de repetirlo, cuentan cuando

pueden, no cuando quieren. Este no es en caso alguno el relato de una excursión al

Kilimanjaro o de un partido Boca-River, más allá es el relato de una experiencia traumática,

de un estado emocional derrumbado, de las consecuencias de un shock de estrés

postraumático, de una bomba de neutrones lanzada por un adulto a un niño ó una niña

contra el punto de flotación de su integridad en pleno proceso de formación de su

personalidad. El simple hecho de sugerir que una víctima preste declaración cuando

pretende un juez o un fiscal, que lo haga a un ritmo prefijado por el orden jurídico

mencionando en una interpelación del proceso judicial o en una sentencia que ​ la víctima no

contó todo desde el principio y engrosó los detalles ​ supone no sólo una afrenta más contra

el ó la denunciante sino también un evidente descrédito contra el sistema que facilita estas

aberraciones. Estamos delante, una vez más, de un peligroso elemento jurisprudencial, que

sienta las bases para que las víctimas de violencia sexual en lugar de amparo y

acompañamiento, tengan palos en la rueda y más espinas, cuando pueden dar el paso de

denunciar. Es del todo incomprensible que además una sentencia del propio Tribunal

Supremo desestime una parte importante de la carga punitiva marcada con criterio por unos

magistrados de la Audiencia Provincial correspondiente que estaba basada en tres

requisitos básicos surgidos de la propia doctrina del Tribunal Supremo. ​ Donde dije digo,

digo Diego, ​ o peor aún aplico mis propios criterios cuando interesa, y cuando no, miro para

Albacete.

La eliminación del agravante de superioridad que la sentencia del máximo tribunal fábrica ,

no es sólo incomprensible, más allá roza el delirio. Un delito de abusos continuados

reconocido en la sentencia, perpetrado por un adulto contra un menor, profesor contra

alumno, puede admitir debate sobre otras agravantes, desde luego no sobre esa en

concreto. Sembrar dudas más que razonables a través de una sentencia que lejos de

tranquilizar a la víctima y castigar al delincuente, logra el efecto contrario, siempre más en

base a garantismos exagerados y trémulos argumentos carentes que al espíritu mismo de lo

que debe significar la justicia. Por último, no es de recibo el tratamiento que la iglesia

católica está dando a sus víctimas y supervivientes. Se elaboran mejoras y ​ motus proprios , ​

se genera esperanza con la misma rapidez que luego se desvanece por la pasividad, la

trampa mal disimulada, el juego de trileros y la infame mentira de quienes deben poner en

práctica la letra impresa en el papel y siempre ponen excusas ridículas, intentando aplazar

una y otra vez la solución, dando largas, consolidando la opinión ya generalizada en la

sociedad, de que en realidad las víctimas importan poco a la iglesia, que prefieren seguir

con un enfermizo negacionismo en lugar de romper de una vez con la ignorancia deliberada

y la amnesia colectiva, como si esto nunca hubiera pasado, como si víctimas y

supervivientes lo estuvieran inventando, como si el único objetivo fuera dañar ó acabar con

el catolicismo ó como si la iglesia fuera la víctima real de una conspiración, imaginaria, y los

niños y niñas abusados y abusadas fueran fantasmas que se les aparecen en sus peores

pesadillas. Puede que estos delitos prescriban, pero el daño causado se lleva encima toda

la vida, estos delitos roban inocencia y manipulan, quiebran la integridad emocional de

quienes los sufren y encima hay que soportar aún más ataques cuando se pueden

denunciar. Cansado de escuchar siempre la frase ​ algo estamos haciendo mal, ​ sin ser más

concreto, esta es una de las cosas que peor estamos haciendo. Y la opción de hacerlo bien

tiene un comienzo muy sencillo y un desarrollo que debe ser admitido y compartido por

todos y todas. Escuchar a las víctimas, abrirles espacios de actuación en el litigio,

mostrarles un incondicional respeto, afecto y empatía, cumplir los puntos del ​ Motu Proprio

papal sin excepción y por parte de todas las diócesis y archidiócesis, generar confianzamostrando auténtica voluntad de reconocer y reparar, recoger el guante de interlocución que algunas víctimas y supervivientes llevamos años lanzando, trabajar sin desmayo creando comisiones de atención funcionales, transparentes y monitorizar su actuación con agentes independientes, dotar a quienes se ocupan del tratamiento de estos delitos en suelo vaticano de más medios, arrancar la víbora de su guarida, denunciar y perseguir a sacerdotes y religiosos pederastas de oficio, no permitir que desde congregaciones ó prelaturas se siga guardando un cobarde o malintencionado silencio incluso después de condenas en la justicia ordinaria, no permitir ni un segundo más que algunos obispos, arzobispos, cardenales y altos dirigentes de la Iglesia algunos de ellos al cargo incluso de tribunales puedan faltar al respeto de las víctimas, de un modo insolente, revictimizador y que roza lo delictivo. Es hora de abrir las ventanas y sacudir las alfombras, pero no de palabra y en un papel mojado, sino con avances, hechos y actuaciones creíbles. Lo contrario, más allá de la doble victimización, el pecado católico y el delito es una vergüenza y una infamia objetiva.

Silencios, perdones y omisiones. Nosotras y nosotros seguiremos

denunciando porque sabemos que la verdad, el raciocinio y la justicia, aunque a veces solo

sea la poética, están de nuestro lado. La sociedad también, según pasan los días, las horas

y los años. Confiamos en España en la nueva Ley de Protección Integral a la Infancia y la

Adolescencia que se está terminando de tramitar en el Congreso de los Diputados,

confiamos en que los poderes públicos sigan avanzando en el tratamiento de estos delitos,

pero debemos exigir que quienes imparten justicia ordinaria y canónica estén a la altura de

los tiempos y empiecen de una vez a hacer su tarea sin excusas recurrentes, sin artificiales

garantismos surgidos a la luz de una vela y sin convertir víctimas en verdugos y victimarios

en víctimas. Verdad y justicia. Reconocimiento y reparación. Como dicen que dijo el genial

pintor francés Georges Braque ​ la verdad existe, solo se inventa la mentira y ​ es evidente que en estos delitos la verdad existe en las víctimas, en prácticamente toda su totalidad, y que quienes inventan la mentira desde organismos, instituciones, congregaciones y prelaturas lo hacen sin rubor, amparados en el déficit estructural de la prescripción delictiva, de las dobles victimizaciones, del juego de trileros, del tirar balones fuera y de esforzarse sin rubor ni penitencia en negar la mayor. En efecto, algo se está haciendo mal, muy mal, y es hora ya de corregirlo, sin más pausas o excusas, sin dilaciones y sin faltar a la verdad. El

terrorismo no solo basa su actuación en pólvoras y dinamitas, el terrorismo, causar terror,

también tienes herramientas emocionales. Porque entre causar alarma social y causar terror

hay una delgada línea de separación que muchos ya han cruzado, sabiéndolo o sin saberlo.



Juan Cuatrecasas Asua

Presidente Asociación Infancia Robada - ANIR (España)

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