Primero, segundo y tercero: LAS VICTIMAS
- hace 24 minutos
- 3 Min. de lectura
María Carolina Cox
José Francisco Cox
Esta columna de opinión está firmada por dos sobrino nietos del fallecido ex obispo Cox, a quien este mes de mayo de 2026 el ministro de la Corte de Apelaciones de La Serena, Cristián Le-Cerf sentenció culpable de delitos sexuales por hechos que lograron acreditarse durante la investigación denunciados por siete víctimas y que ocurrieron entre 1975 y 1988 en La Serena, Andacollo y Chillán.
Primero, alegría profunda por las víctimas. Parece que nada repara el daño y la violencia, pero el leer y escuchar que el abusador – independiente de la importancia, cargo, apellido– es clasificado CULPABLE significa reivindicación. Y otro paso hacia la reparación integral.
Sólo en Coquimbo, los abusos alcanzan una cifra que supera las 50 víctimas, y son apenas 7 las reconocidas por el tribunal hasta la fecha. Desde 1975 existen relatos sobre Francisco José: en Chillán, Chillán Viejo, La Serena y Copiapó ¿Cuántas otras víctimas están fuera de estos números? Retirado en Schoenstatt, Alemania, el obispo continuó haciendo exactamente lo mismo.
Segundo, nuestro llamado. A los que saben, a los que vieron, a las que taparon, a quienes encubrieron: es tiempo de llamar a Chile, a la sociedad, a la política, a las familias, a hablar. A decir la verdad.
La impunidad comienza en la casa. Terminemos con la lealtad mal entendida de “no dañar a la familia”, “no herir al movimiento”. Poner la imagen de la Iglesia sobre la salud de tus propios hijos. La sociedad a través de sus instituciones debe responder a víctimas que aún no denuncian o no son conocidas, y cuando denuncian, muchas veces es la propia familia la que comienza a silenciar: “no hacer ni ser un problema”. Francisco José utilizó al SENAME y María Ayuda – organización de Schoenstatt – para acercarse a infancias vulnerables. No sólo él. No es él el único, y el secreto a voces no es un secreto.
¿Qué vuelve testigos silenciosos a tantas personas? Tras la noticia, se nos acercaron personas para contarnos vivencias con “Papelucho”. El abuso de poder parece casi una tradición en estos círculos, los secretos a voces parte de nuestra idiosincrasia. Colocar a las vidas humanas en segundo lugar y a la pertenencia en el primero es el veneno que nos mata.
Como sobrinos nietos del ex arzobispo, que conocemos los mecanismos de la iglesia y hemos vivido en carne propia la amnesia selectiva – familiar, social, regional y nacional – exigimos empezar a llamar a las cosas por su nombre: delitos son delitos. No importa si viste sotana o usa corbata. Si el victimario/a es un ser querido, un familiar o un desconocido: denunciar y acompañar a las victimas y sobrevivientes es un deber. Solo así podremos habitar un Chile distinto.
Y, por supuesto, dejar de blanquear el pasado.
Francisco José “el abusador” no apareció de la noche a la mañana, él también tiene una historia. Su entorno eligió ser ciego en su infancia y fue ciego con las niñeces que abusó. ¿Por qué? Ya deberíamos inferirlo. Se lo dejamos a la conciencia de quien lea o escuche lo que manifestamos.
En nuestra familia siguen existiendo abusadores, otro secreto a voces.
Usted que lee o escucha esta declaración: en su propia familia también hay abusadores y víctimas. El punto es cuándo estos delincuentes acceden al poder, se mueven en espacios institucionales, dónde su impunidad se amplifica por cargos, por redes, por lazos, por apellidos.
Hans Kast, hermano del presidente, denunció a Karadima, amigo familiar. Francisco José también fue amigo de la familia Kast. El capellán de La Moneda es cercano a los apellidos mencionados. Bernardino Piñera fue cómplice de Francisco José y también el Cardenal Errázuriz. Francisco José le hizo misa privada a Miguel Kast al lado de la cama mientras el cáncer terminaba con su vida, juntos fundaron Schoenstatt. Juan Cox Huneeus, su hermano, fue miembro fundador del Opus Dei, Francisco José trajo a Chile al Papa Juan Pablo II… da para pensar, ¿no?
Tercero. Esperamos, de todo corazón, que de una vez por todas las fachadas se caigan y podamos vernos de frente, con luces y sombras, como humanos. Que el apellido y los amigos no puedan ser escudo. Que el miedo que sienten las víctimas no sea un impedimento para decir la verdad. Que nunca más vuelvan a ser cuestionados, que no vuelvan a sentir cansancio o agobio ante una lucha que se percibe infructuosa. Que la justicia llegue a cada rincón de nuestro largo y angosto país. Que paguen los criminales, no quienes sobreviven a ellos.
Esta noticia, que no fue abordada por grandes medios de comunicación, nos da fe y esperanza.
Nuestra abuela, antes de morir, nos dijo varias veces que “la vida, más temprano que tarde, pone todo en su lugar” y parece que tenía razón.
