La rebelión de un cordero

En junio de 2017, publiqué una biografía novelada llamada “El huerto de Los Corderos”, una historia permeada por la experiencia del abuso y que devela la sub cultura del clero. Los personajes centrales se relacionan desde la asimetría que se teje entre un seminarista de 27 años y un menor de 17.


La publicación de mi testimonio novelado, no fue suficiente para encauzar un camino que me permitiera ser consciente, - y hacer consciente a otros, - sobre aquello que fue mi experiencia: una historia abusiva que comenzó a gestarse cuando yo tenía 15 años y fui víctima por primera vez. Una historia que partió con el aprovechamiento de un escenario emocional y psicológico vulnerable que describo muy bien en mi relato. Toda esa confusión afectiva y psíquica, me llevó a un escenario que comenzó con una relación disfrazada de paternidad, y que después se vuelve sexual, con todas las fantasías incestuosas que desembocan en la ilusa creencia de estar enamorado de alguien que hechiza, seduce, genera expectativas, dependencia, manipulación, aun cuando desde un comienzo tenía muy clara su elección: ser cura.


En esa línea fui tomando conciencia y mi segundo paso, fue recurrir a la instancia que ofreció la comisión Scicluna en el año 2018. Un año después de la publicación de la novela, conversé largas horas con la encargada en recibir mi testimonio, la religiosa Marcela Saenz aci. Esta vez no había un relato novelado, sino un testimonio descarnado. Narré mi experiencia de abuso sufrida por Julio Barahona Rosales en ocasiones donde él ejercía el rol de director espiritual; denuncié los acosos sexuales sufridos por Amador Soto Miranda en medio de la celebración del rito de la confesión y los encuentros sexuales vividos con el entonces seminarista Eduardo Alfaro Sáez, por espacio de una año y medio, dándose el primer encuentro sexual al poco tiempo de haber cumplido 17 años. Todos estos episodios, se dieron desde 1990 y hasta 1992 aproximadamente. Repito que tenía 15 años cuando se empezaron a desencadenar todos estos escenarios perversos, abusivos, falsos y que finalmente han sido devastadores.


Si bien los crímenes sexuales de los que fui víctima están prescritos, me pareció importante alertar a los responsables, incluyendo las situaciones irregulares que conformaban parte de esta sub cultura del clero. Todo mi testimonio lo dejé a disposición de la Iglesia y Fiscalía. Pedí expresamente que mis declaraciones llegasen a las manos de los obispos de La Serena, René Rebolledo y el obispo de Arica, Moisés Atisha. Si bien el obispo Rebolledo tuvo al menos la deferencia de reunirse conmigo, dar la cara y dar cuenta de una investigación y consideración de toda la información que le brindé acerca de la falta de idoneidad de miembros de su clero, el obispo Atisha nunca se ha comunicado personalmente, ni ha tenido algún gesto reparador. Sólo a través de Julio Aguilar, encargado de las investigaciones del Obispado de Arica y a instancias de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se dirigió a mí en julio de 2019 en relación a la investigación llevada en contra de Amador Soto Miranda. No hubo mención de nada acerca de los otros casos.


Si bien el caso Barahona Rosales, se encuentra en manos de la justicia penal, gracias a la diligencia del fiscal Emiliano Arias, aún no he tenido información por parte del obispo Atisha sobre el caso Soto Miranda, y mucho menos alguna respuesta sobre las consideraciones que le solicité que tuviera sobre el señor Alfaro Sáez. Al parecer, el obispo Atisha no repara ni considera que no es normal que un adulto se involucre con un menor de 17 años. Ese “descuido”, resulta, a lo menos, incomprensible e injustificable, sobre todo cuando se ha tenido el cuidado y preocupación de colaborar con la verdad, volviendo a confiar en los canales que dispone la Iglesia. Lamentablemente, este descuido, evidencia que la Iglesia no propicia espacios seguros tanto para niños, niñas y adolescentes, así como adultos vulnerables.


Prueba de ello, es lo que hoy sucede en Arica. Hace unos días atrás, laicos de esa diócesis, me manifestaron su preocupación y estupor al ver que la responsabilidad de dirigir el proceso de Asamblea Eclesial que vive la diócesis, encabezando la Comisión Diocesana, recae en la persona del señor Alfaro Sáez. Quienes me hicieron saber esto, son laicas y laicos comprometidos, a lo que no les cabe en la cabeza que el responsable de la Diócesis de Arica tenga un nivel de negligencia y descuido tan grande ante un tema tan delicado. Esto les ha afectado en su participación y en la confianza que una vez más, se ve vulnerada por un acto descuidado, poco ético e irresponsable.


En lo personal, puedo decir que como sobreviviente de abuso sexual reiterado, estoy de algún modo preparado para enfrentar la revictimización que la Iglesia provoca constantemente en mi vida, y en la vida de miles de sobrevivientes a nivel mundial, ya sea a través de sus declaraciones, emplazamientos y dudas sobre los testimonios, así como este tipo de nombramientos, descalificaciones, cambios de lugar o descuidos que brotan de una irresponsabilidad que no admite excusas. Hemos ido reconociendo un modo de actuar que obedece, a la estructura y aparataje abusivo que posee la Iglesia Católica, que constantemente coloca bajo un haz de luz, a los criminales que cometieron y/o siguen cometiendo abuso de menores, cayendo en un encubrimiento reiterado, tal como se manifiesta en este escenario que he expuesto.


Desde este piso y no otro, me parece que es una negligencia imperdonable por parte del ordinario del lugar, pues, teniendo todos los antecedentes a la mano, coloca a Alfaro Sáez en una posición que revictimiza. Y ese es el límite al que la negligencia de alguien que debiera supuestamente cuidar a un rebaño, me lleva a actuar una vez más.

No es necesario recordar que los delitos sexuales en contra de menores de edad, están absolutamente tipificados en el código penal de nuestro país. Lo que sí me parece impactante e importante de relevar, es sobre los criterios del obispo Atisha, para nombrar a Alfaro Sáez como el responsable de conducir un proceso que apunta a escuchar a las bases: ¿qué pasa con el testimonio de sobrevivientes de abuso sexual eclesial que puedan aparecer de este proceso de escucha?, ¿qué garantías da el sr. Alfaro Sáez de ser un facilitador u obstaculizador en los testimonios que puedan surgir?, ¿por qué pensó el obispo que podía ser una buena decisión, basada en el cuidado de su feligresía y sobre todo, el cuidado por los y las sobrevivientes de abuso de su diócesis, colocar a Alfaro?


Hace unos días atrás, la ONU cuestionó al Vaticano por encubrir a autores de abuso sexual a menores en varios países. En esa oportunidad, se señaló que los abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos se convirtieron en prácticas “masivas y sistemáticas”, las que han sido relatadas y “cuantificadas históricamente” en distintos rincones del mundo, y denunciadas por varios Relatores Especiales del Consejo de DDHH de la ONU ante el Vaticano, desde el año 2019 hasta hoy. Esto deja en evidencia que el Papa Francisco y la de la Iglesia Católica, eluden la justicia en torno a los crímenes sexuales perpetrados por sus miembros, e invisibilizan a los criminales bajo cargos o puestos que son distractores o cortinas de humo que blanquean a los/as abusadores.


Claramente no me queda más opción, después de haber ocupado todos los canales válidos y medios que pudieron estar a mi alcance, que interpelar éticamente al laicado, el cual también le cabe una responsabilidad, dado que varios disponen de la misma información que posee el obispo. Varios de ustedes han leído la novela, han leído o escuchado mis entrevistas e intervenciones de manera pública. Todo lo he puesto a disposición y transparentado como corresponde. La interpelación que hago no puedo dirigirla al clero: ninguno de ellos ha tenido un mínimo de consideración, sino antes bien han actuado como cómplices y encubridores, particularmente los que son del tiempo en que ocurrieron estos hechos.


No son muchas las posibilidades de recibir justicia por parte de la Iglesia; pues ni siquiera “nobleza obliga”; después de tres años que esta información llegó al responsable último, es difícil seguir esperando un trato a la altura de un pastor y a los mínimos esperables ante cualquier caso que reviste gravedad. Y, a decir verdad, no deseo con esto una respuesta formal. Ese tiempo, ya pasó.


Pero si de algo vale la pena este nivel de exposición, que sea para pedirle al obispo que no empañe el proceso de la Asamblea Eclesial, que puede ser muy esperanzador para tantas y tantos sobrevivientes, en especial aquellos que siguen confiando en la Iglesia, en el clero, en los pastores. Es una decisión que debe hacerla de cara a su investidura y al cargo que ejerce. Una decisión que consiste en dejar que estos caminos sean liderados por alguien cuya idoneidad no está a la altura de la renovación y de la justicia que muchos anhelan, o volver los ojos de una buena vez a las víctimas y sus testimonios, independiente de sus prejuicios personales, morales, de su ignorancia, miedo y desidia. Ya no es tiempo de comportamientos ambiguos, tibios e indiferentes: ¿Están o no con los y las sobrevivientes? Usted y su feligresía tienen la última palabra.

Paul Endre Saavedra.

Teólogo, escritor, sobreviviente de abuso y activista.

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