La Caja de Pandora

La trilogía de libros publicada por Juan Carlos Claret Pool suma más evidencia, datos, cuestiones claves para comprender los problemas estructurales que explican los abusos y la impunidad al interior de la Iglesia Católica.


En el primer tomo, "Criminales: prontuario de la Iglesia Chilena", el autor da cuenta de todas las denuncias de abuso sexual clerical en Chile conocidas desde 1905 a 2020. Los intentos por forzar una "vuelta de página" a una crisis aún no lo suficientemente asumida ni estudiada, o derechamente el negacionismo católico a las causas de sus abusos, fuerzan que esta primera entrega dé cuenta de la magnitud del daño porque más que la Iglesia esté en crisis, lo importante y central de todo, son las víctimas que esta institución ha dejado.


En el segundo tomo, "Peligrosa. El porqué de los abusos en la Iglesia", el autor responderá a la pregunta si hay elementos específicos de esta institución que permitan configurar una responsabilidad mayor a la individual. Para hacerlo, es necesario fijar la mirada en la estructura, no porque no sea importante conocer cada caso de abuso, sino porque estamos tan acostumbrados a ese análisis que no advertimos que estos crímenes siguen ocurriendo pese al cambio de rostros. La ausencia de estudios serios e independientes sobre el rol que desempeña la estructura eclesiástica en todo esto, está costando vidas.Pero ¿en qué medida una estructura influye en el comportamiento de las personas que interactúan en su interior como para dedicar esfuerzos a estudiarla? La respuesta es simple: influye mucho, pues son las estructuras las que otorgan Poder y, en el caso específico de la Iglesia Católica -aunque probablemente también en otras instituciones-, su diseño institucional permite que ese Poder sea ejercido abusivamente. Porque sí, antes que sexual, el abuso es de Poder. Entonces, si no ponemos atención al cómo se otorga, limita, ejerce y concede en la Iglesia, seguiremos atacando las consecuencias y no las causas. Así, entonces, surgen dos noticias: la mala, es que la Iglesia, mientras lo ejerce, se rehúsa insistentemente a dialogar sobre el Poder. La buena, que si lo propuesto en este libro es capaz de romper con esa actitud milenaria, un poder con sentido protector por fin será posible. Un desafío no sólo para creyentes.


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Dejamos a ustedes un extracto de "Criminales...":


Pero ¿qué hay detrás de todos estos escándalos? ¿Por qué son reiterados? ¿Por qué se repiten patrones abusivos y prácticas de encubrimiento? ¿Mera coincidencia? ¿O son síntoma de un problema de alcance mayor? Y de ser así, ¿dónde hallar una explicación razonable que explique todo esto? Además, ¿qué hizo de Chile un caso emblemático a nivel internacional?

Responder estas preguntas no es una trivialidad, pues ante la magnitud de la crisis no hay nada peor que responder con lugares comunes a nuevas preguntas o peor aún, responder bien las preguntas equivocadas. Pero tampoco es sencillo, pues hacer todo esto exige cuestionarse aquel cristianismo cultural que se aprende inconscientemente y que en no pocas ocasiones produce cierta condescendencia hacia la institución. Por otro lado, tampoco es fácil posicionar una respuesta sensata cuando quien escribe este trabajo fue públicamente católico y tomó parte activa en la crisis a trabajar, manteniendo controversias públicas y privadas con los representantes jerárquicos de la institución en análisis1, lo que podría importar o parcialidad o bien falta de ponderación.

Sin embargo, por esa historia personal creo comprender la lógica interna de la institucionalidad católica; y evidenciando que hace un tiempo apostaté, el lector ganará certeza que mi preocupación por la Iglesia es estrictamente jurídica, lo que me permite mayor autonomía y lucidez para cuestionar temas que suelen ser vetados.

Por esto mismo, en todo este tiempo de redacción he procurado tres cosas: primero, propiciar el mayor número de encuentros posibles con comunidades de base o parroquiales a lo largo de Chile para entender cómo se vive esta crisis en ese nivel, sus diagnósticos y propuestas; segundo, someter las ideas que se desarrollarán a lo largo de este trabajo, al mayor número de críticos posibles para evitar condescendencias o sesgos; y tercero, hablar en primera persona pues asumiendo la subjetividad del autor, el lector ganará mayor objetividad en su lectura, es decir, no pretendo presentar las ideas -ni siquiera narrativamente- como si fuera un tercero imparcial, pues lo que aquí busco es compartir sensatamente los frutos del discernimiento de mi experiencia de los últimos cuatro años.

Puse como límite metodológico para el rastreo de información el 31 de agosto de 2020, pues llevaremos poco más de dos años desde que el azote de los abusos dejó de ser una denuncia de un grupo de subversivos pasando a ser asumida como una realidad institucional; y con la calma propia del paso del tiempo, se pueden apreciar tendencias más que casos aislados, así como también se puede dilucidar si la promesa de cambio es una realidad o fue una práctica gatopardista.

Cabe recordar que el reconocimiento institucional de los hechos ocurrió el 11 de abril de 2018 cuando se leyó públicamente la carta del Papa Francisco asumiendo que la Iglesia Católica en Chile está en una crisis que, según él, pasó por alto dada “equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. Entonces, el lapso de dos años y medio permite ver más reposado si es que se ha iniciado un proceso de corto, mediano y largo plazo que sea coherente con las nuevas valoraciones, percepciones e informaciones ahora presumiblemente veraces y equilibradas.

Lo anterior es relevante, pues los casos que motivan y se describen en este trabajo no son nuevos, no son fantasía y han provocado un daño inconmensurable a personas concretas, pero la institución reaccionó protegiendo al victimario, desacreditando a la víctima. Para que esto cambie no basta con satisfacer la reacción más espontánea: “sacar las manzanas podridas”, dado que si no nos preguntamos qué cosas del cajón de manzanas ampara, fomenta y promueve la pudrición, abusos y encubrimientos seguirán ocurriendo. Por eso, inicialmente quise dedicar mi Memoria para obtener el Grado de Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales por la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile a esta comprensión de los abusos sexuales en contexto clerical, en particular, dentro de la institucionalidad de la Iglesia Católica Apostólica Romana, en adelante, la Iglesia Católica o simplemente Iglesia. Sin embargo, dado los intentos episcopales en dar por superado el tema, así como intentar contribuir a la discusión constituyente en ciernes, motivaron mi decisión para que este trabajo vea la luz antes como un esfuerzo editorial en vez de un documento meramente académico.

Lo anterior, porque la Iglesia Católica se caracteriza así misma de múltiples maneras: como un redil, una grey, una labranza, un edificio, una nueva Jerusalén, una esposa, un Cuerpo y un Pueblo, entre otras figuras. Sin embargo, quien quiera comprenderla desde alguna de esas opciones inevitablemente deberá lidiar con la carga teológica que envuelve cada uno de esos términos, lo que, en la práctica, ha hecho irremediable que los pocos autores que tienen acceso a estos asuntos terminen siendo favorables a la institución. En jerga futbolística, se podría decir que, al jugar como visita, la cancha es favorable a la jerarquía eclesiástica.

El beneplácito de los autores hacia su propio credo, la simpatía por el líder o la excusa de heterogeneidad de carismas, han impedido un análisis académico sincero sobre la realidad eclesial, llegándose incluso a evitar nombrar hechos de interés jurídico por su nombre: así, aún es frecuente leer que a delitos cometidos por clérigos se les denomine pecado; a la acusación se oponga la viga en el ojo propio; al inicio de procesos judiciales, el juicio de Dios; y a la sentencia, la misericordia.

Por otra parte, he visto intentos de análisis sobre este tema en claustros no confesionales o con profesionales no creyentes en la Universidad Pública, que han terminado en burlas al fenómeno religioso, en gárgaras autosatisfactorias de la supuesta superioridad intelectual de los expositores no creyentes o en una apología al laicismo más radical.

Este trabajo, entonces, quiere ser un aporte maduro a aquellos recovecos académicos y testimoniales donde esta reflexión sí se está dando pese a todas las dificultades, pues mientras el panorama anterior continúa, el sufrimiento de las víctimas, el esfuerzo del laicado que ha sufrido los embistes de quienes detentan algún grado de poder y el constante trabajo de la prensa, arriesgan ser dejados de lado por una institución que, como toda construcción de esa naturaleza, tiende a su propia conservación y sobrevivencia.

Por eso, ha llegado el momento de analizar la Iglesia Católica desde una perspectiva no condescendiente, a saber: como una institución realmente existente, pues desde su origen hace dos mil años, no se ha desplegado impermeable a la historia, más bien, ha adoptado formas institucionales acorde o en reacción al momento histórico.

No intentar despojar lo más posible el análisis de enclaves creyentes, y no elevar la discusión al nivel institucional, significa cargar con la conciencia que en el futuro o habrá más víctimas de abusos sexuales, o habiéndolas sean encubiertas. Es hora de someter a crítica las formas, la institución, de la Iglesia Católica.

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